La gentrificación en Barcelona

Article monogràfic publicat a La Vanguardia 

La gentrificación es una palabra de la que se ha hablado y escrito en los últimos años. De hecho, es un concepto que se ha incorporado en el lenguaje político urbano, en el relato de la ciudad como concepto a combatir. Y ciertamente la gentrificación, como fenómeno genera agravios sociales en algunos barrios centrales de la ciudad, a los que, desde los poderes públicos, hay que dar respuesta.

¿En qué consiste? ¿Cómo se define la gentrificación? Partiendo del origen del concepto, que fue creado en los USA y definido como el proceso de expulsión de las familias de renta más baja de un barrio atribuible a la inversión de capital, ya sea público o privado, que genera alzas de precios en la vivienda y, en consecuencia, la expulsión del vecindario más humilde. El fenómeno se hace muy plausible y evidente en las estructuras urbanas de las ciudades americanas, con un alto índice de segregación étnica y dónde, además, existe una correlación muy fuerte entre el nivel de renta familiar y el color de piel. Así pues, vemos que en los USA el fenómeno de la gentrificación tiene un impacto muy importante en el paisaje y la estructura urbana de la ciudad: a medida que un barrio recibe inversión y sale adelante, la población blanca crece en detrimento de las minorías étnicas, que se ven desplazadas a barrios más periféricos: es el caso del Lower East Side de Nueva York o de algunos otros barrios de Los Ángeles o Seattle.

En cambio, en el caso de la ciudad mediterránea, de fisonomía notablemente más compacta, sociología mezclada y una importante distribución de la propiedad inmobiliaria, el fenómeno es más sutil, hasta el punto de que algunos académicos afirman que la gentrificación es selectiva, nula, o de muy menor intensidad, ya que difícilmente en una ciudad mediterránea nunca se hubiera creado el relato de la gentrificación, porque no se materializa tan claramente en la fisonomía de la ciudad.

El relato alrededor de la gentrificación es un relato importado desde otra estructura urbana, pero esto no es excusa para no intentar estudiarlo con rigor y ver si existe en Barcelona, si produce efectos negativos (o positivos) y sacar alguna conclusión para mitigar los efectos. Y a partir de la definición de gentrificación, una metodología para la construcción de índices y, a partir de los datos del anuario estadístico del Ayuntamiento de Barcelona nos podemos proponer de calcular y medir el fenómeno.

Índice de Riesgo de Gentrificación o IRG

En primer lugar, podemos calcular el índice de Riesgo de Gentrificación (IRG), es decir, a partir de la renta familiar y los precios de la vivienda podemos estimar una cuota de riesgo. El IRG parte de la base que la gentrificación, además de ser un fenómeno en sí mismo (la expulsión de los más humildes del barrio) es la consecuencia de otro fenómeno, el incremento de precios. Entonces, el riesgo de ser gentrificado nace de la relación entre el incremento de precios de compra de vivienda y el alquiler puesto en relación con el incremento de la renta familiar y al porcentaje óptimo de la renta dedicado a vivienda que estipula el Banco de España.

Que una población de un barrio tenga una puntuación alta quiere decir que tiene riesgo de ser gentrificada, pero no tiene por qué serlo, puesto que la gentrificación se define por los efectos que tiene en el territorio, no por las causas como veremos más adelante. Así pues, si miramos el IRG de Barcelona nos muestra un resultado de 0,30 en el 2016, una cuota de riesgo que a priori no nos dice nada, pero si comparamos el dato con otros cuatro barrios que hemos tomado de muestra vemos que: la de Pedralbes es de 0,22 o la de santo Antoni 0,51 (ver cuadro 1).

Vemos como el IRG en barrios como Sant Antoni es de más del doble que en Pedralbes, o poco menos del doble que la media a de ciudad. También vemos una alta volatilidad en el riesgo, puesto que de 2015 a 2016 el barrio de Santa Caterina vive una bajada importante.

Índice de Gentrificación 

El segundo de los índices construidos para medir el fenómeno sí que tiene en cuenta los efectos reales sobre la población de un barrio o territorio. Ya no nos encontramos tan sólo ante un indicador técnico de cuota de riesgo, sino del intento de cuantificación de los efectos en aquellos barrios sujetos a gentrificación. Para poder desarrollar esta cuantificación hay que averiguar cuáles son las variables que inciden en el fenómeno y a partir de estas variables construir un indicador de ciudad que podamos poner en relación con el indicador de cada barrio. He tenido en cuenta las variables de esperanza de vida, población infantil, usuarios de los servicios sociales, migración, población, incremento del porcentaje de población con estudios universitarios, e incremento de la renta familiar disponible per cápita. Haciendo una ponderación de estas variables que se encuentran modificadas por el fenómeno de la gentrificación, y partiendo como base cero el resultado promedio de la ciudad de Barcelona, podemos concluir que:

Es decir, el barrio de Sant Antoni nos muestra un resultado positivo que casi duplica el Carmel, y que este último, contra todo pronóstico (ya que no es un barrio céntrico) se sitúa por encima del de Santa Caterina, mientras que Pedralbes muestra un resultado negativo. Podemos concluir que, efectivamente el fenómeno existe en Barcelona, ahora bien, vemos como algunos resultados no se encuentran del todo explicados por la literatura publicada, y cómo barrios periféricos sacan valoraciones más altas que barrios más centrales de la ciudad. El gráfico es construido usando como base cero el promedio de Barcelona (la Barcelona de los 10 distritos), pero debe mencionares también que el resultado promedio de la ciudad es positivo, con tendencia a la gentrificación de 0,5.

Conclusiones

Así pues, de la búsqueda también se extraen algunas conclusiones e interrogantes relevantes. Primero, habría que estudiar la hipótesis de y ¿si en lugar de tener en cuenta solamente la Barcelona de los 10 distritos hubiéramos cogido la Barcelona real, la metropolitana, de 3,5 millones de habitantes la ciudad sería gentrificadora? No lo sabemos, pero podemos presumir que no, ya que los 10 distritos de la ciudad tienen un comportamiento de centro urbano respeto el resto, respecto de la metrópoli real de más de tres millones.

A continuación, hay una cuestión semántica importante a tener en cuenta: si hacemos una nueva lectura de las hipótesis podremos llegar a concluir que existe una similitud entre el concepto gentrificación y prosperidad, o cuando menos paralelismos importantes: que a consecuencia de la inversión de capital mejore la salud de los residentes, que se reduzca la pobreza, que aparezca una voluntad social, una demanda de ir a vivir a ese barrio, que se reduzca la densidad de población y que el nivel de estudios y de ingresos suba. Todo, a priori, es bueno para la sociedad, y de hecho estos son los efectos de la gentrificación. Sólo hay una de las hipótesis que podemos considerar una sinergia negativa en un barrio gentrificados: la reducción de la población infantil, o sea, la gentrificación hipoteca la vida futura del barrio.

La gran diferencia entre prosperidad y gentrificación es la connotación que tiene en el lenguaje cada palabra: mientras que gentrificación tiene una connotación negativa, prosperidad la tiene positiva. La gentrificación sitúa en el foco de la política a aquellas personas que no han podido lograr la prosperidad colectiva del barrio, mientras que prosperidad sitúa el foco en la gran mayoría que sí que se encuentran en un camino (salvo todas las distancias y con todas las reservas) de progreso. Independientemente de la connotación positiva que tiene la palabra «prosperidad», es evidente que ésta -o la gentrificación- pueden generar excluidos, y será necesario impulsar políticas sociales de realojo y reinserción de quienes que se encuentran en situación de exclusión o en riesgo de exclusión, puesto que en ningún caso sería recomendable negar el progreso al común de la gente. La negación de la inversión de capital generaría muchos más problemas sociales que la gentrificación, y requeriría de unas políticas asistenciales mucho más intensivas.

En tercer lugar, hay que poner foco al problema del Carmel, puesto que es un caso también más frecuente en otros barrios. El Carmel vive la gentrificación propia de la ciudad, de la marca Barcelona, pero no cumple todas las características de la gentrificación: no vive un incremento de renta familiar, si no que la renta cae, ni es un barrio céntrico ni hay una especial demanda. Es un caso paradigmático que no tiene nombre ni etiqueta y, por tanto, no tiene relato en la agenda política, que gira alrededor de barrios que viven incrementos de renta, sin darse cuenta de que existen procesos de degradación urbana reales en nuestra ciudad sin respuesta. O sea, el Carmel vive los efectos de la gentrificación de la ciudad, con el agravante de la reducción de renta. Posiblemente estemos ante una situación de degradación urbana sin ningún paliativo: sería recomendable centrar las políticas urbanas en este entorno y en barrios con datos similares, y quizás no tanto en los barrios céntricos y de moda.

El Carmel vive los efectos de la gentrificación, pero sin prosperar. Es un barrio en crisis que requiere intervención pública. En cambio, el foco del debate público se centra en los barrios más gentrificados, como podría ser Sant Antoni, cuando en realidad vive un incremento de renta familiar. Habría que profundizarlo seguramente con otros estudios, pero, valorando a partir de los datos disponibles y viendo como hay barrios que viven la degradación en primera persona, podemos estimar que la ciudad es cada día más desigual. Y cómo es sabido, desigualdad es igual a incremento de la conflictividad social.

Y finalmente, como última conclusión cabe destacar que la propiedad marca la diferencia: si se quiere una vida líquida baumannsiana con menor arraigo, o simplemente no hay otra opción económica al alcance, el alquiler será la opción elegida. Pero no se puede descartar la legítima ambición, al anhelo de toda persona -ya sea rica o pobre- de ser propietaria de su propio techo. Y desde el punto de vista de la gentrificación no sólo es bueno, sino que es recomendable. Construir vivienda pública puede resolver el problema, y hacerlo de alquiler también, pero en ningún caso esto tiene efecto sobre el fenómeno de la gentrificación. Debemos tener claro que una cosa es la política de vivienda y la otra todas aquellas medidas que puedan paliar el fenómeno de la gentrificación.

Lo que marca la pauta y la diferencia de Barcelona respecto de las capitales sajonas y centroeuropeas es, fundamentalmente, su estructura de la propiedad muy distribuida, y acontecer propietario marca la diferencia entre vivir la prosperidad de Sant Antoni o sentirse expulsado. En este sentido, Barcelona tiene una gran suerte respecto de sus homologas de Centro Europa y los USA. Las ciudades mediterráneas están más preparadas, gracias a la gran distribución de la propiedad, para paliar la gentrificación: por ejemplo, el 68% de las familias residentes en Sant Antoni lo hacen en régimen de propiedad, convirtiéndose así en beneficiarias de la inversión de capital que recibe el barrio, cosa que, en caso contrario la vivirían como una amenaza. De hecho, esto es tan fundamental que algunos expertos citados afirman que lo que pasa en las ciudades mediterráneas es una gentrificación enormemente suave, no comparable con las americanas. Así pues, en la distribución de la propiedad, y en medidas favorecedoras para la consecución de la primera residencia, posiblemente encontraríamos un camino para combatir la gentrificación de raíz y repartir la prosperidad, crear tejido urbano y arraigo en la ciudad. El alquiler, a buen seguro, es también una solución habitacional, pero no se puede negar que arrastra un riesgo importante, especialmente en el centro urbano.

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